No una sola enfermedad, sino una familia de tumores
Los tumores cerebrales se dividen a grandes rasgos en dos grupos: tumores primarios que surgen directamente del tejido cerebral y tumores metastásicos que se propagan al cerebro desde otra parte del cuerpo. El grupo primario incluye la familia de los gliomas (astrocitoma, oligodendroglioma, glioblastoma), los meningiomas en su mayoría benignos, los adenomas hipofisarios con posibles efectos hormonales, el neurinoma acústico que surge del nervio del equilibrio y el linfoma del sistema nervioso central. Los tumores metastásicos provienen con más frecuencia del pulmón, la mama, el melanoma y el riñón, y a menudo aparecen en más de un foco. Cómo se conforma el tratamiento lo determinan en conjunto la patología (diagnóstico del tejido), los marcadores genéticos como IDH, MGMT y 1p/19q, y el estado clínico general del paciente. Por tanto, la frase «tengo un tumor cerebral» no dice por sí sola cómo debe tratarse.
El concepto de «resección máxima segura»
Si la cirugía de tumores contemporánea tuviera que resumirse en una frase, sería: extirpar el tumor preservando el tejido funcional sano. Especialmente en los gliomas, el volumen de tumor extirpado influye tanto en la supervivencia como en el tiempo hasta la recurrencia, mientras que la función preservada determina directamente la calidad de vida del paciente tras la cirugía. Un abordaje demasiado agresivo puede causar parálisis o pérdida del habla; uno demasiado prudente sienta las bases de una recurrencia temprana. Entre las herramientas que ayudan a lograr este delicado equilibrio están el microscopio quirúrgico de alta magnificación, la neuronavegación que convierte los datos de RM/TC en un mapa en tiempo real, la RM funcional y la tractografía DTI que muestran de antemano las vías motoras y del lenguaje, la craneotomía con paciente despierto cuando es necesario y la técnica de fluorescencia 5-ALA que hace visible el tejido del glioma bajo la luz. Sin embargo, no todas estas tecnologías son necesarias en cada caso; la ubicación de la lesión y la experiencia quirúrgica determinan cuáles entran en juego.
¿Cuándo cirugía y cuándo otro camino?
Las situaciones típicas en que la cirugía es la primera elección incluyen un meningioma sintomático o de crecimiento rápido, un glioma en una posición adecuada para su extirpación, un adenoma hipofisario que amenaza la visión o secreta hormonas (por vía endoscópica transesfenoidal), una metástasis cerebral única con la enfermedad primaria controlada y los tumores embrionarios de la infancia. En cambio, en algunas situaciones el bisturí no es la respuesta por sí solo: en el linfoma del sistema nervioso central el tratamiento no es la resección sino la quimioterapia y radioterapia tras la biopsia; en localizaciones profundas como el tronco encefálico o el tálamo, a menudo destacan la biopsia y el Gamma Knife; para múltiples metástasis se prefiere el Gamma Knife o la radioterapia de todo el cerebro; y para un meningioma pequeño y silente o un neurinoma acústico pequeño, pueden plantearse el seguimiento o la radiocirugía. Esta decisión nunca la toma un solo médico; es el producto de una evaluación conjunta del neurocirujano, el neurorradiólogo, el oncólogo radioterápico y el oncólogo médico.
El recorrido quirúrgico y después
El proceso comienza con un examen neurológico detallado, una RM con contraste, RM funcional y tractografía cuando es necesario, una reunión del equipo y una evaluación anestésica. Durante la cirugía el paciente se coloca según la ubicación del tumor; aunque la mayoría de los casos se realizan bajo anestesia general, se utiliza una técnica con paciente despierto cuando es necesario para tumores adyacentes a áreas del habla o el movimiento. Hoy suele bastar con rasurar una franja estrecha a lo largo de la incisión; rasurar toda la cabeza es ahora una práctica excepcional. Se levanta el colgajo óseo, se abre la duramadre, se extirpa el tumor bajo el microscopio con navegación y se reparan las capas una a una. Según el tipo de tumor, la operación puede durar entre 2 y 8 horas. Esto suele ir seguido de 24 a 48 horas de vigilancia en cuidados intensivos y una estancia hospitalaria total de 3 a 7 días; una RM de control evalúa cuánto tumor se extirpó y se planifica radioterapia o quimioterapia si el resultado de la patología lo requiere.
Hablar de los riesgos sin ocultarlos
La cirugía de tumor cerebral es una operación mayor y sus riesgos deben compartirse abiertamente: hemorragia, infección, pérdida neurológica temporal o permanente según la ubicación del tumor, inflamación cerebral que puede durar varios días tras la cirugía y la posibilidad de convulsiones figuran entre los principales. Estas tasas fluctúan según la ubicación y el tamaño del tumor, la edad del paciente y las enfermedades acompañantes; un equipo experimentado y una planificación meticulosa reducen notablemente estos riesgos. Los resultados también varían considerablemente con el tipo de tumor: con un meningioma benigno suele ser posible un control a largo plazo; en un glioma de bajo grado puede lograrse el control pero persiste la posibilidad de recurrencia; en tumores de alto grado como el glioblastoma el objetivo principal es prolongar el tiempo preservando la calidad de vida. No prometemos resultados definitivos ni garantías; las expectativas se ponen honestamente sobre la mesa antes de la cirugía.